El paisaje de las piscinas españolas está cambiando de forma silenciosa pero sostenida. De los 1,3 millones de vasos que existen en el país —más del 98% al aire libre—, nueve de cada diez instalaciones nuevas ya incorporan un clorador salino, según datos de Innowater presentados por Israel Ruíz, uno de sus principales socios. El cloro tradicional en pastilla, con su olor característico y los ojos rojos de rigor, parece entrar en su tramo final de hegemonía.
Pandemia y crecimiento sostenido
El cambio arrancó hace unos quince años, pero fue la pandemia de COVID-19 la que aceleró el proceso hasta convertirlo en irreversible. Según recoge la fuente Xataka, en 2021 las ventas de equipos de electrólisis salina crecieron un 20%, coincidiendo con el redescubrimiento masivo del jardín propio y el ocio doméstico. Desde entonces, el ritmo se estabilizó entre el 5% y el 10% anual.
Eduardo Martín, de TEAP —pionera del sector con su marca Saliclor, lanzada hace más de dos décadas—, sitúa ese año como punto de inflexión definitivo. Agustí Ferrer, presidente de ASOFAP, la patronal del sector, confirma que la sal es ya un producto transversal en todo tipo de instalaciones: desde piscinas particulares (el 80% de las últimas 50.000 unidades instaladas) hasta comunidades de vecinos y piscinas municipales. Boadilla del Monte, Parla, Alconera en Badajoz y Juzbado en Salamanca ya gestionan sus vasos públicos con sal.
Cómo funciona la electrólisis salina
El proceso técnico tiene nombre propio: electrólisis salina. Tres componentes lo hacen posible: una célula con placas de titanio, un sensor de flujo y una placa de control que regula la corriente eléctrica. El agua entra en la célula cargada de cloruro sódico disuelto (NaCl). La corriente rompe esa molécula, separa sodio e hidrógeno por un lado y cloro por otro. El cloro reacciona con el agua y forma ácido hipocloroso —el verdadero desinfectante—, además de hidróxido de sodio e hidrógeno gaseoso. Horas después, ese cloro se recombina con el sodio y vuelve a ser sal. El ciclo se repite, sin añadir químicos nuevos. Por eso los fabricantes hablan de sistema autorregenerable.
Contra la creencia popular, la concentración de sal no se parece al mar. El Mediterráneo ronda los 38 gramos por litro; un clorador salino doméstico trabaja entre 4 y 6 gramos por litro, casi nueve veces menos. Tampoco vale cualquier sal: los fabricantes reclaman cloruro sódico con pureza mínima del 99%, sin yodo, sin antiapelmazantes ni antical. La sal de mesa queda descartada porque sus aditivos ensucian el agua y desgastan prematuramente la célula de titanio.
Ventajas de gestión y costes
El principal atractivo no es eliminar el cloro, sino automatizar su producción y dosificación. Estos equipos miden constantemente la demanda y ajustan la generación en tiempo real, evitando picos de concentración y reduciendo en mayor medida las cloraminas, responsables de la irritación ocular y el olor característico. Agustí Ferrer lo resume: «Si tienes un producto automatizado que lo dosifica, es mejor para la salud. Si lo haces manual, lo puedes hacer mal».
En cuanto a costes, la inversión inicial es mayor: equipo, instalación profesional y sacos de sal para el primer llenado. Desde TEAP recuerdan que después el gasto de mantenimiento suele caer. Hay que reponer sal —muy barata, según la industria— y cambiar el electrodo de titanio cada tres o cinco años según el uso. Con una buena gestión, los costes anuales se equiparan o incluso quedan por debajo del cloro tradicional.
Marco normativo y corrosión
En España, la calidad del agua de baño la regula el Real Decreto 742/2013, que fija los criterios técnico-sanitarios de piscinas. La norma no distingue entre cloro tradicional y cloro generado por electrólisis. Exige que el cloro libre residual se mueva entre 0,5 y 2,0 mg/l, con cierre del vaso si supera los 5 mg/l. El cloro combinado no puede pasar de 0,6 mg/l. Un clorador salino bien calibrado tiende a mantenerse en la banda baja de ese rango con más estabilidad.
Sobre la corrosión, la comunidad técnica internacional no tiene consenso cerrado. El agua con sal conduce mejor la electricidad, lo que favorece la corrosión galvánica en piezas metálicas mal conectadas a tierra: escaleras, bombas, intercambiadores de calor. Los fabricantes sostienen que el problema real no es la sal en sí, sino instalaciones eléctricas deficientes o un pH descuidado.
Un cambio paulatino pero imparable
Cada año, entre el 2% y el 3% de las piscinas de cloro tradicional en España cambia a electrólisis salina. Con millones de vasos construidos en las últimas tres décadas, ese goteo parece garantizar una sustitución paulatina de la pastilla de cloro de toda la vida. La tendencia apunta a una transformación de largo plazo en el mercado español de piscinas residenciales y municipales, impulsada por la automatización, la reducción de mantenimiento y una experiencia de baño percibida como más suave.
Fuente: Xataka · Documento oficial: enlace · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Radioalcuadrado con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
